Mis pequeños rituales de rescate (o cómo frenar el mundo 5 minutos)
Mis pequeños rituales de rescate (o cómo frenar el mundo 5 minutos)
Hay días en los que siento que mi vida es una licuadora sin tapa. Ruido, prisas, juguetes en el suelo, notificaciones, "mamá, mamá, mamá". A veces siento que voy corriendo detrás de mi propia vida y nunca la alcanzo.
Antes pensaba que "tener paz" significaba irme a un retiro de silencio o tener la casa impecable. Hoy sé que la paz no se encuentra, se fabrica. Y a veces, se fabrica en medio del caos.
He aprendido a crear pequeños botes salvavidas. Yo les llamo mis "rituales de rescate". No son cosas complicadas. No requieren dinero ni mucho tiempo. Son actos de rebeldía contra la prisa.
Es encender esa vela con olor a vainilla a las 2 de la tarde, aunque haya platos sucios en la pila. Es servirme el café en mi taza favorita (la bonita, no la que uso siempre) y obligarme a no hacer nada mientras me lo tomo. Solo beber. Es respirar profundo en el baño antes de salir a enfrentar la tarde.
Estos rituales no arreglan el desorden de afuera, pero ordenan algo adentro. Son mi manera de decirme: "Hey, Ale, aquí estás. Sigues aquí. Y todo va a estar bien".
Y tú, ¿qué haces para volver a ti cuando el mundo gira demasiado rápido?.
El arte incómodo de decir que "no"
El arte incómodo de decir que "no"
Tengo la boca entrenada para decir que sí. Sí al favor que no tengo tiempo de hacer. Sí a la salida a la que no tengo ganas de ir. Sí a escuchar problemas ajenos cuando yo apenas puedo con los míos.
Durante mucho tiempo creí que ser buena persona significaba estar siempre disponible. Que si decía que no, me iban a dejar de querer. Que si ponía un límite, me convertía automáticamente en la villana de la historia.
Pero hoy el Psiquiatra algo que se me quedó grabado: "Cada vez que dices un sí que no sientes, te estás diciendo un no a ti misma".
Y qué fuerte es traicionarse a una misma para complacer a otros.
Aprender a decir que no está siendo el trabajo más difícil de mi vida adulta. Porque el "no" viene con resaca: la culpa. Esa vocecita molesta que te dice: "¿Viste su cara? Se sintió mal. Deberías haber ido. Qué egoísta eres".
Pero hoy quiero recordarme (y recordarte) que la culpa es mentirosa. La culpa es solo el eco de una vieja costumbre de ponernos al final de la fila.
Decir que no es proteger tu energía. Es cuidar tu jardín para que nadie venga a pisotear las flores. Es entender que tu tiempo es tuyo, y que no le debes explicaciones al mundo de qué haces con él.
Todavía me tiembla la voz cuando lo digo. Todavía siento ese nudo en el estómago. Pero cada "no" que digo hacia afuera, es un "sí" enorme que me digo a mí misma. Y ese sí, se siente libertad
Un amor bonito (y el trabajo que cuesta merecerlo)
A veces, el amor bonito no llega de golpe. Llega cuando aprendes a no conformarte con menos.
No sé en qué momento me convencí de que tenía que agradecer por cualquier amor que me eligiera.
Aunque doliera, aunque me hiciera pequeña, aunque me robara la paz.
Durante años pensé que amar era aguantar.
Aguantar los silencios, las migajas, las promesas vacías.
Y en ese aguante me fui perdiendo pedacitos: la risa, la curiosidad, la calma.
Hasta que un día, sin mucha poesía, me di cuenta de algo:
No era que nadie me amara bien, era que yo misma no me creía merecedora de un amor bonito.
De esos amores que no duelen, que no exigen máscaras ni disculpas por existir.
De esos amores que te miran y te dicen “descansa, yo también puedo cuidar de esto”.
Merecer un amor bonito no es arrogancia.
Es trabajo. Es sanarse. Es soltar el drama y el autoengaño.
Es mirarse al espejo y decir: ya no más amores de mierda.
Y no solo hablo del amor romántico.
Hablo de todas esas veces que nos quedamos donde no hay ternura, por miedo a la soledad.
Del trabajo que no nos hace bien, de las amistades que drenan, de las versiones de nosotras mismas que todavía piden permiso para brillar.
Hoy, si me preguntan, prefiero un amor tranquilo.
De esos que no hacen ruido, pero sostienen.
De esos que llegan después del caos, con un té tibio y la promesa silenciosa de quedarse.
Porque sí, merecemos un amor bonito.
Todos lo merecemos.
Ale
Todo comenzo con una idea (y un café frío)
A veces escribo para entenderme. Otras, solo para dejar constancia de que sigo sintiendo.
No sé cuándo comencé a escribir con intención.
Tal vez fue una noche en la que el silencio dolía más que las palabras.
O una mañana mientras miraba a mi esposo y a mi hija jugar en la playa,
ese día entendí que escribir no era un lujo,
sino una forma de respirar sin pedir permiso.
Este blog nació así: sin estrategia, sin filtros, sin meta.
Solo con la necesidad de dejar huellas chiquitas
de los días en los que sobrevivir se parece mucho a crear, a permanecer, a resistir.
Acá voy a escribir con el corazón medio desordenado,
sobre cosas que me conmueven, me enojan o me devuelven la esperanza.
A veces será un pensamiento, a veces una historia,
y otras solo una taza de té, café o chocolate, que se enfría mientras pienso en algo absurdo.
Si llegaste hasta acá, gracias.
Ojalá te sientas en casa entre estas letras.
Ale