El arte incómodo de decir que "no"
Tengo la boca entrenada para decir que sí. Sí al favor que no tengo tiempo de hacer. Sí a la salida a la que no tengo ganas de ir. Sí a escuchar problemas ajenos cuando yo apenas puedo con los míos.
Durante mucho tiempo creí que ser buena persona significaba estar siempre disponible. Que si decía que no, me iban a dejar de querer. Que si ponía un límite, me convertía automáticamente en la villana de la historia.
Pero hoy el Psiquiatra algo que se me quedó grabado: "Cada vez que dices un sí que no sientes, te estás diciendo un no a ti misma".
Y qué fuerte es traicionarse a una misma para complacer a otros.
Aprender a decir que no está siendo el trabajo más difícil de mi vida adulta. Porque el "no" viene con resaca: la culpa. Esa vocecita molesta que te dice: "¿Viste su cara? Se sintió mal. Deberías haber ido. Qué egoísta eres".
Pero hoy quiero recordarme (y recordarte) que la culpa es mentirosa. La culpa es solo el eco de una vieja costumbre de ponernos al final de la fila.
Decir que no es proteger tu energía. Es cuidar tu jardín para que nadie venga a pisotear las flores. Es entender que tu tiempo es tuyo, y que no le debes explicaciones al mundo de qué haces con él.
Todavía me tiembla la voz cuando lo digo. Todavía siento ese nudo en el estómago. Pero cada "no" que digo hacia afuera, es un "sí" enorme que me digo a mí misma. Y ese sí, se siente libertad